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Por qué no ha funcionado la estrategia «Frente contra Frente» de Mélenchon. David Djaïz

Durante las últimas semanas de la campaña presidencial, Jean-Luc Mélenchon ha afirmado querer acometer al Frente Nacional, dirigiendo el combate cultural Frente (de Izquierda) contra Frente (Nacional). Los resultados de la primera vuelta son decepcionantes a este respecto, puesto que, con un 17,9% de los votos y cerca de 6,5 millones de electores, Marine Le Pen aventaja considerablemente a su adversario, que no recoge más que el 11,1% de los votos emitidos.

En términos absolutos, el resultado de Mélenchon supone una bonita cifra: ha multiplicado el resultado que logró Marie-Georges Buffet en 2007 en las mismas elecciones, y sobre todo gracias a una campaña muy conseguida, muy estética (colorida sobre todo con numerosas referencias históricas y literarias), ha encarrilado una cierta tradición de la izquierda a la vez contestataria (por no decir revolucionaria), republicana y social. .

Por tanto, la diferencia con Marine Le Pen es importante y merece alguna tentativa de explicación. ¿Por qué ha fracasado Jean-Luc Mélenchon en devolver al seno de la izquierda a las categorías populares que siguen votando masivamente al FN? Cuatro razones, en realidad entrelazadas e interdependientes, pero aisladas aquí en beneficio del análisis, nos parece que explican este fracaso parcial.

Falta de tiempo

Jean-Luc Mélenchon ha afirmado querer librar una batalla cultural contra Marine Le Pen a tres meses de la primera vuelta. La estrategia era la buena: es desde luego el imaginario colectivo lo que la izquierda debe reconquistar a la hegemonía de la derecha, por medio de la acción militante y sindical, por la educación popular, por la formación popular. Pero eso no se puede hacer más que a largo plazo y en un clima tranquilizado.

Una victoria de François Hollande en las presidenciales aflojaría las tuercas y permitiría a los diferentes componentes de la izquierda librar ese combate cultural tras haber ganado el combate electoral.

Silencio frente al sentimiento de inseguridad cultural

Jean-Luc Mélenchon ha ofrecido respuestas más bien convincentes a la seguridad económica y social de los franceses como muestran varias encuestas. Por desgracia, y como recuerda Laurent Bouvet en un texto publicado el 24 de abril en Le Monde [1],su campaña ha sido bastante menos contundente en lo que respecta a la inseguridad cultural, a lo que se podría añadir la inseguridad afectiva, que es un determinante importante del voto.

La inseguridad ha sido en realidad el tema central de esta campaña, tan masiva y proteiforme que los comentaristas no se han dado cuenta de ello. Esta inseguridad adopta mil rostros y ya no es sólo la inseguridad «policial» que había dominado la campaña de 2002: está la inseguridad económica (miedo al paro y a las deslocalizaciones en un contexto de crisis de la mundialización), inseguridad social (miedo a la quiebra de los servicios públicos y los comercios de proximidad), la inseguridad cultural-identitaria (miedo a la inmigración y a la disolución de la identidad francesa-occidental) y, por último, la inseguridad más difícil de aprehender para el sociólogo, la inseguridad afectiva, que es el sentimiento de ver disolverse nuestros puntos de referencia habituales en un mundo en el que todo se acelera. Forzoso es reconocer que el Frente de Izquierda no ha sabido responder a estas dos últimas formas de inseguridad que son menos discursivas, pero que, sin embargo, sobredeterminan las demás.

Impresión de incoherencia, incluso de contradicción

Si Jean-Luc Mélenchon no ha logrado articular una respuesta fuerte a esas cuatro inseguridades, es en principio porque a la izquierda le resulta difícil tratarlas en bloque. A la necesidad de protección económica y social, la izquierda añade siempre una componente de emancipación colectiva (protección de los más necesitados y de los excluidos, igualdad, universalismo) que (ya) no responde al sentimiento de inseguridad cultural y afectiva que expresan los más debilitados de nuestros compatriotas.

Es lo que ha nublado el discurso de Jean-Luc Mélenchon para numerosos electores, que han tenido la impresión de que era a la vez protector en materia económica y laxo en materia de inmigración, de identidad nacional o de lucha contra la delincuencia.

Las muy loables tentativas de Jean-Luc Mélenchon de proponer un discurso original sobre la inmigración han sido francamente infructuosas. Por oposición a ello, el discurso de Marine Le Pen, sin componente emancipatoria, dio la impresión de una mayor coherencia y carácter «compacto», respondiendo en bloque a esas cuatro inseguridades.

Ha parecido que Marine Le Pen proponía un conjunto homogéneo de defensas, contra las finanzas, contra la Europa de Bruselas, contra la inmigración, contra la soledad de los «olvidados» y de los «invisibles ». Sobre todo, no tiene el estorbo de la dimensión colectiva, incluso colectivista que conlleva el Frente de Izquierda. Cuando el desamparo llega al paroxismo y el suelo cultural no es favorable, desgraciadamente es muy difícil hacer de la componente emancipatoria un serio argumento de campaña para llegar a las clases populares.

Anticomunismo y antisocialismo de las clases populares

La derechización del imaginario colectivo tan bien descrita por Gaël Brustier y Jean-Philippe Huelin en Voyage au bout de la droite [Viaje al fin de la derecha] toca especialmentea las clases populares desde hace treinta años. Paralelamente, el imaginario de izquierda está en declive por numerosas razones: hundimiento del PC y de su contracultura, adhesión de una parte de los socialistas al neoliberalismo, etc.

Entre un discurso protector individualista, el de Marine Le Pen, y un discurso protector colectivista y universalista, el de Jean-Luc Mélenchon, las clases populares (principalmente los obreros y los jóvenes sin título) prefieren el de Marine Le Pen. La idea de comunidad (mi pueblo, mi «raza», mi religión y, más sorprendente, «mi República») ha substituido a la de sociedad en una representación común. Como afirma Alain Mergier en una entrevista en Echos aparecida el 23 de abril: «en las clases populares domina el antisocialismo».

En tiempos de crisis, Hobbes tiene razón frente a Rousseau: el pesimismo antropológico y el individualismo resultan más prometedores. La reconstrucción de un imaginario alternativo llevará tiempo.

Para permitirlo o al menos crear condiciones favorables para ello, es indispensable una victoria de François Hollande el próximo 6 de mayo.

Nota:

[1] Laurent Bouvet, "Comment la gauche gérera-t-elle l’insécurité culturelle révélée par le vote Marine Le Pen?" [¿Cómo gestionará la izquierda la inseguridad cultural que revela el voto a Masrine Le Pen?, Le Monde, 24 de abril de 2012.

David Djaïz es responsable nacional del movimiento Rose-Réséda (universidades populares itinerantes) y miembro del colectivo Gauche Populaire (Izquierda Popular).

http://www.sinpermiso.info/textos/i...



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