Esquerra Unida Els Verds Ajuntament d’Aldaia

Renta, destrucción y el programa de Rajoy

Armando Fernández Steinko

Cada país tiene su derecha. Los programas de los conservadores son todos parecidos pero los conservadores que se esconden tras ellos son distintos en cada lugar. Son hijos de su historia particular, su poder se basa en fuentes distintas de riqueza. Y sobre todo: son el espejo de sus contrincantes, los grupos que les disputan los recursos. ¿Qué caracteriza a la derecha hispana? Es bueno contestar a esta pregunta para descifrar las propuestas de Rajoy. Dos cosas: (1) la importancia de la renta como base de su poder material; (2) su historial de destrucción de recursos humanos (rojos), de recursos culturales (amarillos) y de recursos naturales (verdes). Esa vieja combinación entre renta y destrucción es la ecuación de Rajoy adaptada a los tiempos que corren.

(1) Todas las derechas han vivido de la renta pero ninguna como la hispana se ha aferrado tanto a ella, al menos en Europa. Sus ingresos nunca han venido de la economía real que obliga a crear y a mancharse las manos de grasa. La economía real paga todo lo demás pero la creación de valor no ha sido nunca el núcleo de poder de la derecha hispana. Para eso habría tenido que negociar con el trabajo, darle sueldos dignos, reconocerle. Pero no hay mucho en su historial que recuerde al empresario schumpeteriano que se arriesga, al capitalista productivo que genera valor nuevo y negocia. Lo que hay es una cultura del consumo del valor producido por otros en forma de renta. El culto de Rajoy al pequeño empresario y al autónomo no cambia nada en todo esto: son satélites de la renta financiera e inmobiliaria, subordinados de Botín y Florentino. Es verdad: en Gran Bretaña también los tories han chupado de la renta hasta hoy y de hecho hay una empatía química entre las derechas británica e hispana. Pero los tories tuvieron que compartir el poder con la burguesía industrial y comercial más antigua del mundo. Nada parecido ha existido en España de forma perdurable. El turnismo de la Restauración intentó imitar el modelo británico pero no lo consiguió pues el oso de la renta abrazó de nuevo al país hasta dejarlo sin aliento. Las burguesías periféricas, más miradas en Londres que que en Madrid, desertaron. El absentismo del rentista agrario bloqueó la productividad del trabajo fijando en la miseria a las clases populares. La Guerra Civil fue un intento de neutralizar este poder pero la derecha ganó la Guerra y la renta agraria se volvió a instalar transformándose en renta financiera en los cómodos sofás del Régimen. El Estado sustituyó a una burguesía industrial debilucha y pelotera en la creación de una base industrial esencial para la creación de una sociedad del trabajo. El centro-izquierda cayó en la trampa y la liquidó "porque es franquista". Fue el pecado capital del centro-izquierda que nos ha traído hasta aquí: la confusión entre liberalismo económico y político, justo lo que querían los socios occidentales a cambio de créditos y apoyo diplomático. El rescate de los bancos por parte de Boyer y de Solchaga recompuso el poder de los que ganaron la Guerra y el centro-izquierda perdió toda autonomía con respecto a derecha. El Estado del bienestar no se pagó con trabajo sino con renta, el progresismo de la transición no se fundamentó en trabajo sino en la movida que es una forma alegre y joven de vivir la noche sin trabajo. A Botín le regalaron el Banesto, al Bilbao-Vizcaya le regalaron Argentaria. Rubalcaba es su continuador y los fontaneros Felipe y Alfonso le dieron el empujón definitivo en Sevilla. El euro también reforzó a la renta, es decir, a la derecha hispana. Europa ya no apoya a la economía real como en los tiempos de los republicanos ilustrados, tan europeístas ellos. Hoy apoya a la renta frente al trabajo, al principal enemigo de la República. Un porcentaje creciente de nuestros impuestos se transfiere al sistema financiero con cada punto que aumenta el servicio de la deuda: trabajamos y vivimos otra vez para mantener el poder de la renta, de los intereses minoritarios del país. Hemos vuelto a los años de Isabel II y al turnismo de la Restauración que vino después.

(2) La destrucción sin metáfora es su segundo sello. Hubo muchos golpes de Estado en el mundo occidental protagonizados por las derechas, pero ninguno encontró tanta oposición como el del 36: la derecha se había quedado más sola aquí que en otros lugares. Su primera apuesta fue la destrucción roja, el exterminio no político sino sociológico como ha demostrado Preston. Sólo algunos núcleos industriales lograron salvar su composición humana: Guipuzkoa, parte de Vizcaya y algunas manchas en zonas alejadas. Hoy le disputan al Estado su legitimidad. Los trabajadores cualificados fueron eliminados, la intelectualidad disuelta: eran el corazón de la República junto con el mundo jornalero. Hitler no exterminó clases sino fuerzas políticas y eso que llamaba "etnias", que no se sabe lo que es. Le tuvo que decir a Franco que parara, que se quedaría sin recursos si seguía con tanta destrucción: las derechas españolas se vuelven locas cuando se ponen a destruir, incluso cuando se trata de los hombres y las mujeres de su propio país.

La destrucción amarilla fue simultánea a la roja. La República era cultura contra la renta, trabajo contra la renta, escuelas contra la renta, poesía contra la renta. Franco anticipó la eficiencia de Auschwitz. Pero de Auschwitz quedó la memoria y la derecha hispana consiguió extirpar incluso la memoria que es toda la cultura del Siglo de Plata. Nadie la obligó a renegar de su pasado culturalmente destructivo excepto en algunos años breves de la transición. La recomposición de la renta a mediados de los ochenta puso fin a esta crítica y la derecha volvió a vivir tranquila pasando a la ofensiva. La recuperación de la figura de Fraga es el mejor indicador. Es algo único en el mundo: lenguas, edificios, pueblos, ciudades, muebles, tradiciones, todo quemado en un carnaval de destrucción. Convenció por la fuerza a millones de la necesidad de destruirse culturalmente, incluidos los autónomos agrarios del norte que le apoyaron en la Cruzada. Todo esto cristalizó en una nueva cultura de la destrucción que las ciudades del PP tienen escrita en cada esquina como una cicatriz en la frente: Málaga, Huelva, Valencia, Murcia, Alicante, Madrid ¿caerán Sevilla y Córdoba? No es la "destrucción creativa" de Schumpeter, no es el coste general del progreso, es algo más profundo: detrás de la destrucción del amarillo está la del rojo, está la renta, el papá de todas las derechas. Ciudades con sustancia arrasadas por empresarios del ladrillo con nula empatía hacia el amarillo de su propio país, empresarios educados en una hortera cultura de la destrucción. Son los que ahora no van a sacar de la crisis según Rajoy. Ni en Portugal, ni en Italia, ni en Alemania, ni en Gran Bretaña con derechas instaladas, encontramos algo parecido: la derecha hispana es única en su culto a la destrucción cultural porque la cultura, aquí, ha sido y sigue siendo un arma contra la renta.

La destrucción verde es otra excepción hispana igual de radical y dolorosa. La derecha alemana se fundió con el campesino conservador, defendió el "campo" y se inventó el ecologismo. La francesa e italiana han vivido siempre culturalmente la naturaleza : visitad estos países, mirad a Portugal. Nada de esto va con la derecha hispana que siempre ha ido en Audi a comprar el pan como sus equivalentes norteamericanos. La renta es urbana porque transfiere recursos del campo a la ciudad, la naturaleza le provoca alergia. Cuando va al monte sólo ve la posibilidad de hacer un bonito chalet pero no es capaz de conformarse con un simple paseo entre las rocas. El señorito no sabe cómo se hace el vino que le da de vivir porque no conoce ni el tipo de uva de su propiedad. Fue la burguesía republicana la que descubrió el verde, descubrió los montes, los ríos y las riberas. Todos eran andarines, amantes del terreno: desde Ortega hasta Marañón, desde Machado hasta Lorca y Hernández, que andaba desde pequeño con las cabras igual que su padre lo hacía con las mulas. El ladrillo es una bacanal de destrucción del verde, es renta inmobiliaria, riqueza sin trabajo. Cuando se destruye el rojo se acaba también con el verde a través del rodeo del ladrillo. Algún trabajo habrá que darle a al gente.

La derecha hispana es hija de la renta, come destrucción, no destrucción creativa sino destrucción definitiva. Produce un capialismo feo en el que el rojo, el amarillo y el verde se convierten en el gris mezclado de una plastelina insípida. Por eso siempre ha tenido que definirse frente a las mayorías: golpismo militar, golpismo latente, golpismo civil, golpismo cultural, golpismo moral como en el tema del aborto. Lo han interiorizado como necesario para desplegar su programa porque saben muy bien que la renta no da para que coma todo el mundo, que no puede ser democrática a largo plazo. Sólo destruyendo más puede repartir algunas migajas para cosechar votos. Es el modelo Aznar que imitaron los norteamericanos, una luna de miel entre renta y clases populares, es el capitalismo popular inmobiliario. Nunca se tuvo que destruir tanto para conseguirlo, nunca la derecha española regresó tan pura a sus orígenes como en los años del espejismo de Aznar ¿en qué espejismo está trabajando ahora Rajoy?

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