Esquerra Unida Els Verds Ajuntament d’Aldaia

Ley Sinde-mocracia

Daniel Simón Pla

Cada vez es más ridículo oir a cantantes multimillonarios manifestarse porque "la música se muere". Se muere la industria tal y como la conocemos, igual que le pasó a la de las barras de hielo. Pero con el cambio ganará la sociedad en su conjunto, especialmente los creadores y los consumidores de cultura

La nevera eléctrica mató a la industria de las barras de hielo. Hasta que este electrodoméstico se popularizó, la mayoría de las neveras funcionaban enfriando la comida gracias a un sistema de barras de hielo que se alojaba en su interior. Cada barrio tenía uno o varios comercios dedicados a vender agua en estado sólido, en las medidas adecuadas para estas fresqueras. Cada poco tiempo, las personas tenían que acarrear pesadas barras de hielo hasta sus casas si querían mantener frescos sus alimentos. Suena incómodo ¿Verdad? Lo era. Por eso cuando llegaron las neveras eléctricas (aunque también las había de butano), es normal que los consumidores se cambiaran a ellas: eran más eficientes, más cómodas y menos costosas a la larga, puesto que ahorrabas en tener que reponer el hielo cada pocos días.

Ahora imaginen que en aquella época la industria de barras de hielo fuera un lobby superpoderoso apoyado por compañías multinacionales y del que formasen parte rostros mediáticos, de esos que a algunos políticos les encanta que les apoyen durante las campañas electorales. La desaparición de la industria de barras de hielo no hubiera sido tan inmediata. Se hubiera puesto el grito en el cielo por los puestos de trabajo de fabricantes y vendedores de hielo que iban a desaparecer. Se hubieran rescatado argumentos luditas para clamar en contra de una tecnología que destrozaría su modelo de negocio tradicional para siempre. Ignorarían los argumentos de lo beneficioso para la sociedad en general que sería la implantación de dichos avances. Usarían su poder y su influencia para frenar la popularización de las nuevas neveras y presionarían a los legisladores (los políticos cuyas campañas pueden apoyar o no) para que elaboraran leyes que restringieran la implantación y el acceso a la nueva tecnología. Además, buscarían falsos argumentos que escondieran el único móvil de estas acciones de presión: el preservar un modelo de negocio que les había sido muy rentable hasta ahora y que no querían que se viera superado por el avance tecnológico.

Dejen de imaginar. A grandes rasgos, la situación ficticia descrita en el párrafo anterior es una metáfora de la que estamos viviendo hoy en dia. Solo que en lugar de la industria de las barras de hielo estamos hablando de la industria de la música. Los avances de la tecnología han hecho obsoleto su modelo de negocio tradicional, basado en la venta de la música en soporte físico. Para poder grabar y fabricar los discos o CD’s, hacía falta tener acceso a costosos medios de producción, solo al alcance de estas grandes compañías. El sueño de todo artista era ser "fichado" por un sello, para así poder tener acceso a esos medios y a sus canales de distribución. Pero resulta que la llegada de internet y los avances de la informática derribaron el castillo de naipes de la industria por dos caminos distinos. Por un lado, se democratizaron los medios de grabación y distribución. Un buen ordenador y acceso a internet es todo lo que necesitaba un músico para registrar sus creaciones en formato digital y hacerlas accesible a oyentes de todo el planeta. Por otro lado, la misma internet facilitó ese acceso a la cultura por parte de aficionados que hasta entonces no tenían más remedio que pasar por el aro de la industria de distribución de CD’s. Se reveló la verdad: el emperador estaba desnudo, la industria discográfica era únicamente un intermediario, necesario entonces y ahora cada vez menos, para que un artista y su público se comunicaran. Ahora internet les había convertido en obsoletos. ¿Cómo reaccionaron las discográficas? ¿Hicieron un esfuerzo por adaptarse?¿Escucharon a sus consumidores, que es una actitud básica si quieres que tu empresa triunfe?¿Supieron aprovechar las nuevas tecnologías para potenciar su producto y ofrecerle valores añadidos a unos artistas que cada vez más optaban por montárselo por su cuenta? No. Nada de eso. Optaron por criminalizar a los consumidores de sus productos. Error. Error garrafal. Epic Fail.

El lobby discográfico quiso convertir a todos los que "se bajaran" música por internet en piratas. En ladrones. En gente sin escrúpulos que en lugar de pagar más de veinte euros por un trozo de plástico acudía a internet, un lugar en donde dueños de copias legales de un CD compartían la música de la que eran propietarios con otros usuarios. De hecho, hacían y hacen uso de un derecho recogido en la ley de propiedad intelectual española: el derecho de copia privada. Aún recuerdo como escuché a Metallica por primera vez en mis años de instituto de los 90: un amigo, que tenía CD’s originales de Metallica, me grabó en una cinta de cassette la música de estos artistas. Yo a cambio le grabé discos de otros grupos que quería conocer. Con este sistema, muchos adolescentes, y no tan adolescentes, sin poder adquisitivo podían tener acceso a la cultura y a estos discos. Y además, insisto era y es legal, porque hablamos del derecho a la copia privada que no solo recoge la legilsación española, sino que está demostrado que era y es bueno para que la creación de los músicos se extendiera. Si no fuera por las cintas del patio del instituto yo no hubiera conocido a Nirvana, ni a Siniestro Total, ni a los Beach Boys ni a tantos grupos que acabaron formando mi criterio musical. Nunca hubiera ido a conciertos de esos grupos. Nunca hubiera comprado sus CD’s originales. Nunca hubiera adquirido su merchandising. Sin embargo, la industria azuzó a grupos como Metallica contra estos fans, llegando a demandarles y a tachar a todos ellos de ladrones. No eran capaces de ver más allá de sus narices. En aquel momento, las iras se centraban contra Napster, el primer sistema de intercambio de archivos entre particulares (P2P) en popularizarse a escala planetaria. Napster era un inmenso patio del instituto en donde en lugar de intercambiar cintas intercambiabas archivos en el nuevo formato MP3. Si cambiar cassettes en un patio de instituto era bueno para dar a conocer artistas, era legal y además servía para vender CD’s, entradas de conciertos y merchandising ¿No debería ser inmensamente mejor intercambiar la cultura entre particulares en un sistema como Napster? La industria no lo supo ver. Metallica no lo supo ver. Y quisieron hacer creer a todos los músicos que aquello iba a ser malo para todos ellos.

¿Todos los músicos? ¡No! Jorge Otero, líder de la banda asturiana Stormy Mondays, recibe en 1999 una invitación por e-mail para participar en Woodstock’99, un festival en EE UU organizado para homenajear el mítico encuentro sesentero. Los organizadores habían descubierto la música de Jorge y los Stormy gracias a que la habían puesto accesible en la red. El grupo se dio cuenta que sin internet su carrera musical seguramente no existiría. Así que se convirtieron en defensores de la libre distribución de la obra de los artistas por internet. Al mismo tiempo, un tal Nacho Escolar, que todavía no era el periodista que llegaría a ser director de Público sino un músico del grupo Meteosat, publicaba un polémico artículo en la red titulado Por favor, pirateen mis canciones. En él, revelaba como su banda apenas veía un minúsculo porcentaje de las ventas de un disco que habían sacado nada menos que con la Universal. Escolar animaba a sus fans a copiar sus CD’s a cuantos más amigos mejor y, si les gustaba su música, que la apoyaran acudiendo a los directos del grupo, en donde si sentían que recibián un porcentaje digno de las entradas como pago a su trabajo y su arte. El chiringuito de la industria musical seguía resquebrajándose.

Intentos judiciales para frenar la situación en España ha habido a puñados. El problema es que compartir archivos, con la ley de propiedad intelectual en la mano, es legal. Las páginas que contienen enlaces no constituyen actividad delictiva si no se están enriqueciendo con la información. Y tanto la industria discográfica como una cada vez más obsoleta Sociedad General de Autores (SGAE) pierden en España un juicio tras otro. Aquí hay que destacar la labor de abogados como David Bravo o Javier de la Cueva. Lejos de aprender la lección, la industria y la SGAE dan un paso más allá en su esperpéntica agonia: intentar que no se una juez en España quien decida sobre si una web viola o no la legalidad. Ya que perdemos los juicios (y el juicio), intentemos puentear el sistema judicial. Si en el camino se pierde uno de los pilares del estado moderno de derecho como es la separación de poderes, pues mala suerte. ¿Que importa perder un poco de democracia si salvamos nuestro modelo de negocio tal y como siempre ha sido?

Estos lodos son los que han traido las aguas de la hoy llamada Ley Sinde.

La industria presionó la ministra de cultura, conocida palmera de las tesis pro-SGAE y pro-modelo tradicional de derechos de autor, para tejer una ley a su medida. Es más, los cables de wiki-leaks han demostrado que el mismo gobierno de Estados Unidos presionó al de España para que intentara colar esta ley. No hubo debate parlamentario. No hubo propuesta para intentar reformar la obsoleta Ley de Propiedad Intelectual. No hubo consideración hacia las nuevas opciones de derechos de autor (Copyleft, Creative Commons...) por las que algunos creadores estaban optando porque sentían que el copyright tradicional no estaba siendo bueno ni para su obra ni para la difusión de la misma. Lo que hubo fue una inserción torticera, a traición, en forma de disposición metida en algo tan inconexo como la ley de economía sostenible. Nos desayunábamos la noticia de la creación en España de una comisión del Ministerio de Cultura que iba a decidir que webs se cerraban y cuales no. A la porra el sistema judicial y las garantías para ciudadanos cradores y usuarios de esas webs.

Pero internet también ha conseguido dar a la Sociedad Civil un vehículo para elevar su voz. No es casualidad que lo primero que haya hecho el dictador de Egipto ante la revuelta democrática que se le venía encima haya sido cerrar internet. El clamor digital fue tal que Zapatero tuvo que salir aquella misma tarde a asegurar que no se iba a cerrar ninguna página ni ningún blog. Aún así, algunas maniobras palaciegas han conseguido sacar adelante, con matices, una de las leyes más antidemocráticas de la historia de la democracia en España.

La industria de las barras de hielo ha ganado un round. Pero tan solo retrasa lo inevitable. Los creadores, los sellos discográficos, incluso los periodistas musicales que se adapten a las nuevas realidades prevalecerán. El resto irá despareciendo a medida que la gente se de cuenta de las ventajas de tener una nevera eléctrica en casa.

Quizá he centrado demasiado mis ejemplos en el mundo de la creación musical. Hoy en día internet es la mejor manera de dar a conocer la obra de un cineasta, de un escritor, de un músico, de un artista teatral... Si tu idea se difunde, triunfa. Cuanta más gente la vea, más gente querrá comprarla o verla representada en directo. Los modelos de negocio están cambiando. Compartir ha demostrado ser bueno para todos: artistas y público. Es rídículo convertir a un escritor en el defensor de la industria del papel y a un músico en el valedor de los fabricantes de galletas de plástico. El creador quiere que su obra se difunda, y hoy en día la cultura no está atada a la posibilidad de que se distribuya en un objeto físico, sea libro, CD o DVD. Cada vez es más ridículo oir a cantantes multimillonarios manifestarse porque "la música se muere". Se muere la industria tal y como la conocemos, igual que le pasó a la de las barras de hielo. Pero con el cambio ganará la sociedad en su conjunto, especialmente los creadores y los consumidores de cultura. Cuanto antes se den cuenta, mejor para ellos y mejor para todos.

Daniel Simón Pla es gestor cultural

http://www.danielsimonpla.com



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