Esquerra Unida Els Verds Ajuntament d’Aldaia

La vieja elección de Podemos. Pablo Simón

En marzo de 2013, Unión del Pueblo Navarro tuvo un congreso trascendental en el que Yolanda Barcina, asediada por los escándalos de Caja Navarra y sin socios parlamentarios, se enfrentó al sector crítico de Alberto Catalán. A los congresos de UPN pueden asistir y votar cualquiera de sus 5.300 afiliados y, tal como dijo la presidenta, esperaba una máxima participación porque “aquí es todo muy abierto, el afiliado es muy libre de colocar las cruces y las listas no son cerradas”. Lo cierto es que la participación fue baja pero el margen estuvo muy ajustado; 871 votos para Barcina (51%) frente a los 795 de Catalán (47%), y con varios recuentos mediante. Sin embargo, lo llamativo fue que el sistema de listas abiertas, con tantas cruces como cargos a repartir, hizo que toda la ejecutiva menos uno estuviera compuesta por la gente de Barcina. La oposición fue laminada en los órganos de dirección.

En noviembre de 2014, Podemos tuvo que elegir un Consejo Ciudadano, 62 miembros a los que luego se incorporarán los 17 secretarios generales autonómicos. El sistema de votación se realizó a través de una aplicación de internet (empresaAgora Voting) y permitía bien marcar a tantos candidatos como puestos había en juego o bien dar apoyo al conjunto de la lista. El resultado es conocido: retirada de la lista alternativa liderada por Pablo Echenique con críticas al sistema, participación del 47% del censo, elección de Iglesias por casi un 90% de los votos, y un resultado donde el menos votado de la lista de Iglesias tiene 75.131 votos mientras que la más votada del resto de listas logra solo 5.337 votos. El equipo del secretario general entra en pleno y, por supuesto, cualquier paralelismo con el caso de UPN es mera coincidencia… o no.

Un sistema viejo como el mundo

Hagamos un poco de arqueología electoral. Cuenta Josep M. Colomer, en un libro clásico, que en la Europa del siglo XIX los sistemas electorales solían basarse en distritos multi-nominales mayoritarios, donde el votante podía distribuir un número de votos equivalente al número de diputados a elegir. Es decir, como si en las Elecciones Generales se pudiera marcar a 36 candidatos por el distrito de Madrid y fueran elegidos los candidatos que más votos sacaran. Había, además, la curiosidad de que cuando el rentista con derecho a voto iba al colegio electoral no había algo así como una cabina o una papeleta estandarizada. Lo normal era que el votante anotara allí mismo sus candidatos o trajera los nombres escritos de casa.

A medida que las elecciones fueron haciéndose una práctica más regular, y los partidos empezaron a ser más competitivos, el sistema fue evolucionando. Muchos candidatos del mismo distrito tenían intereses comunes o eran colegas en el parlamento, así que comenzaron a pedir el voto no solo por sí mismos sino también por sus aliados. Para ello comenzaron a seguir una peculiar estrategia: hacer papeletas con su nombre y el de sus aliados ya impresas. Habían nacido las listas cerradas y bloqueadas. De esta manera las listas ayudaron al germen de los partidos cohesionados. Todos los diputados del distrito, gracias a que las listas se fueron extendiendo, recaían para el partido que obtenía la mayoría simple –cuyos integrantes coincidían casi a la par en votos—. Mientras, los candidatos independientes entraron en vías de extinción, excluidos por un sistema en el que las minorías quedaban fuera.

Ante esta situación, los sistemas electorales se reformaron. En muchos países se optó por partir los distritos en unipersonales, a veces también con cambio a sistema de dos vueltas. Al menos había la garantía de que la mayoría quedaba acotada a intereses territoriales. En otros países lo que se hizo, a veces pasando por la fase anterior, es dejar de lado el sistema mayoritario y cambiar a modelos proporcionales. Con Bélgica, en 1899, arranca el contagio de esta opción en la Europa continental, de forma que se garantizaba la representación de las minorías. Por último, en algunos países se optó por establecer voto limitado. Esto es,  básicamente, lo que tenemos en el senado español, donde podemos marcar una cruz menos que los senadores a repartir (por ejemplo, en las provincias que eligen cuatro senadores, votamos tres), con lo que sabemos que la oposición siempre conseguirá algún espacio (el senador restante).

El sistema mayoritario con tantas cruces como escaños a repartir es lo que se conoce como “voto en bloque”, y aunque en algunos distritos de Reino Unido se usó hasta los 50, hoy apenas persiste, y solo podemos encontrarlo en países tan democráticos como Laos, Siria o Líbano.

El bonapartismo amable

Siempre que se habla de primarias y elección dentro de los partidos hay que enfatizar que el diablo está en los detalles. Al menos, en dos aspectos: el selectorado (quién elige) y las reglas de elección (cómo se elige). Cada una de estas dos decisiones puede beneficiar a unos u otros sectores del partido, con lo que hay que hacer el dilema explícito (más información aquí). Vuelvo al caso de Podemos porque viene a cuento.

Respecto a quiénes eligen, sabemos que las decisiones de composición de órganos internos pueden darse a través de mecanismos de congresos con delegados o con sistemas más abiertos. Lo normal es que incluso cuando las primarias sean abiertas totalmente, se entienda que los órganos internos son votados por militantes, pero eso varía según partidos. Sin embargo, igual que pasa con las primarias, cuanto más abierto está el censo más se nota la asimetría de los recursos. En el caso de Podemos se ha hablado claramente del “recurso mediático”. Es lógico que la mayoría de la gente fuera de los círculos no tuviera ni tiempo (ni ganas) para conocer a todos los candidatos al Consejo o las propuestas de Vista Alegre. Quizás las fuerzas internasestuvieran más igualadas. Aunque otros candidatos pudieran ser populares activistas dentro de los círculos locales, si no iban en la lista oficial se quedaban sin el efecto arrastre de quién puso su cara en la papeleta.

Lógicamente, quien tiene capacidad de monopolio siempre está a favor de la libre competencia, luego cuanto más abierto es un censo en participación, si no se regula la neutralidad del aparato (en partidos clásicos) o los recursos entre facciones (en partidos nuevos), más riesgo hay de que veamos dinámicas bonapartistas. Esto no es algo nuevo; al contrario, sabemos que la mayoría de los candidatos respaldados por los aparatos ganan las primarias. Como advierte con mucho tino Katz, cuando se hacen sistemas abiertos, pero se centraliza su control, lo normal es que haya un electorado amplio pero desorganizado. Así, en apariencia el partido es muy democrático pero en la práctica esta palabra está vacía de contenido.

Respecto a las reglas, y conectando con lo que hablaba arriba, cabe decir que cuando existe un sistema de voto en bloque la oposición queda como minoría permanente sin representación. En el caso de Podemos, la aplicación de internet permitía directamente marcar el apoyo al conjunto de la lista o “voto en plancha”, con lo que a efectos prácticos ha operado como un sistema mayoritario puro con lista cerrada. Si eso se suma a la dinámica anterior que imponen la desigualdad en recursos, el resultado es de todo menos sorprendente. Es cierto que es importante que haya equipos cohesionados, y que el sistema de Voto Único Transferible que proponían los críticos hacía perder totalmente el control sobre quienes saldrían escogidos. Sin embargo, limitar el voto como en el Senado, o garantizar un mínimo a listas alternativas (como hace el PSOE con delegados a Congresos), podría haber servido para garantizar algo más de pluralismo. Claro, si es que eso se considera deseable.

La nueva y la vieja política

Nadie puede cuestionar que Podemos es un partido dirigido por politólogos curtidos en la vida dentro de partidos y asambleas. Saben perfectamente cómo configurar las reglas para controlar la organización de arriba a abajo. Además, es indudable que han sabido vender con maestría el discurso de ser una organización democrática, presentándose como más horizontal que cualquier otro partido, aunque sea aupada sobre una sola cara. Sin embargo, ya se ha visto que a efectos reales algunas de sus prácticas se asemejan mucho a las de otros partidos más que viejos.

Hay quien me repite que este es un tema menor y que todo queda subordinado a la estrategia para ganar. Algo así como dar plenos poderes para el cirujano de hierro. Sin embargo, no deja de ser un paradójico que cuando todo el leitmotiv de muchos es que estamos como estamos porque los partidos son opacos y jerárquicos, se acepte, cuando van contra lo que no me gusta, que alguien incurra en las mismas prácticas. Y más sorprendente todavía es la candidez con la que algunos piensan que las decisiones que se toman ahora son irrelevantes respecto a cómo las organizaciones permanecen y gobiernan en el futuro. En fin. Yo aquí lo que veo es mucha política de la clásica.

http://politikon.es/2014/11/24/la-v...



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