Esquerra Unida Els Verds Ajuntament d’Aldaia

Estrategia política ante una sociedad en descomposición

Alberto Garzón

Vivimos tiempos convulsos, de cataclismo, en los que se mueve el suelo bajo nuestros pies. Y perdemos puntos de referencia desde los que comprender lo que sucede a nuestro alrededor o desde el que entendernos a nosotros mismos. Como diría Marx, aunque él refiriéndose al inicio de la modernidad, parece que “todo lo sólido se disuelve en el aire”. Y es cierto. La vida tal y como nos la habían contado hace tan sólo una década está dejando de existir. Los relatos construidos desde el poder se esfuman con rapidez. Las promesas de futuro pierden su sentido. Y los códigos para relacionarnos entre nosotros cambian trepidantemente.

El filósofo y esclavista estadounidense John Calhoun dijo a inicios del siglo XIX que en los períodos de transición de esta naturaleza, entre lo viejo y lo nuevo, siempre hay “incertidumbre, confusión, error y salvaje y feroz fanatismo”. Un siglo más tarde y desde otras coordenadas ideológicas muy distintas Gramsci añadiría que en ese “interregno llamado crisis ocurren los fenómenos más morbosos”. Pero son sin duda los pueblos y sus gentes los que deciden con sus acciones qué tipo de fenómenos delimitan y determinan ese interregno. No hay nada escrito de antemano. Simplemente son brechas de oportunidad en las que pueden adentrarse unos u otros, en función de una disputa política que se realiza en todos los planos. Desde luego no sólo en el plano electoral.

Efectivamente, si miramos a nuestro alrededor vemos una comunidad social en descomposición. Las condiciones materiales de vida de la mayoría de la gente se están mermando y con ello se está resquebrajando las seguridades del pasado. Sin embargo, esto no sucede para todo el mundo por igual. Podríamos decir, de hecho, que hoy en nuestra sociedad conviven dos sociedades ciertamente antagónicas.

De un lado una sociedad fordista, propia de las comunidades políticas occidentales de posguerra, y en la que los trabajadores disponen de estabilidad laboral, contratos indefinidos, ciertos derechos sociales reconocidos y garantizados, un mínimo espacio de propiedad material que abarca al menos una vivienda o un vehículo, y sobre todo una seguridad de cara al futuro como es el disfrute de una pensión. De otro lado convive una sociedad posfordista, caracterizada por la inseguridad laboral, los contratos basura, la precariedad, menos derechos sociales, la ausencia total de expectativas de futuro y, en definitiva, un horizonte muy negro. A este fenómeno de convivencia simultánea de dos sociedades tan distintas el filósofo alemán Ernst Bloch lo llamaba atemporalidad o espacio temporal de no sincronía. Y le sirvió para describir tiempos tan tormentosos como el de la Alemania de los años treinta del siglo pasado y el ascenso del nazismo.

Pienso que estamos viviendo un cambio de época similar. La cacareada ruptura generacional se explica precisamente por estas razones, en tanto que la mayoría de los jóvenes vivimos en la sociedad posfordista. La distinta concepción del mundo que existe, por término medio, entre una persona joven y una no tan joven se deriva de las distintas condiciones materiales de existencia. ¿Cómo van a pensar políticamente igual si viven de forma tan distinta?

Cuando esto no se entiende hay una tendencia a vivir en burbujas. Eso es lo que creo que le ha pasado a la política, a sus instituciones y a las organizaciones políticas. Este y no otro era el mensaje más claro que mandamos los jóvenes que ocupamos las plazas en mayo del 2011. No se entendió.

Ahora bien, ¿la ruptura generacional nos da las claves para la regeneración democrática? Pienso que no necesariamente.

Crisis de régimen y democratización de la economía

Estamos viviendo una grave crisis económica que por su profundidad ha derivado en una crisis institucional. Es lo que llamamos crisis de régimen y que Gramsci llamaba crisis orgánica. Y esta crisis de régimen tiene dos componentes fundamentales: una crisis del modelo de acumulación capitalista, que afecta a la estructura económica y social, y una crisis de la democracia representativa liberal, que afecta a la estructura política y a las organizaciones políticas. La regeneración democrática no puede realizarse únicamente en uno de estos planos sino que debe abarcar los dos.

Es decir, no se trata de un recambio de unos dirigentes por otros. No se trata de sustituir las caras viejas por caras jóvenes. Pedro Sánchez es en última instancia Rubalcaba. No se trata tampoco de cambiar los nombres a los partidos. La tangentopolis italiana terminó en Berlusconi. Tampoco se trata únicamente de aprobar primarias. Obama fue elegido así. Todas las anteriores pueden incluso ser condiciones necesarias, pero desde luego nunca suficientes.

El principal problema de nuestra democracia es que mandan los que no se presentan a las elecciones. Y tiene mucho que ver con la crisis del paradigma constitucional. Desde hace décadas se ha estado produciendo un vaciamiento formal de las constituciones a través de una pérdida de soberanía de los Estados. Pero también un vaciamiento de la dimensión sustancial a través del desmantelamiento del Estado social y de las garantías positivas. Todo ello ha derivado en una inversión de la relación que existía entre economía y política. Hoy, y esta es la clave de todo, la economía domina y subordina a la política. Lo que significa que el espacio privado, los mercados, esclavizan al espacio público y los gobiernos.

Y mientras no se invierta esta relación, de tal forma que la política gobierne a la economía, las reformas democráticas serán en vano. Porque hoy tiene cierta vigencia aquella máxima anarquista de que “si votar sirviese de algo no nos dejarían votar”. Hoy Florentino Pérez, la señora Botín y otras grandes fortunas tienen mayor capacidad, aunque sea antidemocrática, para decidir qué será de nuestras vidas. Y así es como el mercado, con su carácter irracional y caprichoso, determina nuestro presente y futuro.

El horizonte de los movimientos democráticos sigue siendo, a mi juicio, el horizonte de la democratización de la economía. Un horizonte socialista. Un espacio político donde sea el demos el que tenga la capacidad de tomar las decisiones sobre qué producir, cómo distribuir y cómo consumir. Y esta es mi declaración de principios, nítida y clara.

Pero hoy estas mismas intenciones se sitúan no ya tras discursos clásicos como el de capitalistas frente a trabajadores, sino fundamentalmente como el de arriba frente abajo, el 99% frente al 1% o el de élites frente a ciudadanos. Todos representan una contradicción fundamental en el seno de la comunidad política que tiene que ver con la distribución de la renta, riqueza y sobre todo del poder.

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