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Cooperativas de gestión: islas de autogestión en un mar capitalista

El cooperativismo como movimiento organizado aparece poco después del nacimiento del capitalismo industrial y supone una reacción de los obreros y obreras frente a la brutalidad de este sistema. Previamente, en épocas pasadas, habían existido entidades y agrupaciones que tenían rasgos similares a las cooperativas.

Un ejemplo de esto son las asociaciones de arrendamiento de tierras en Babilonia, o colectividades campesinas en Rusia, entre otros. Si bien es cierto que a finales del siglo XVIII y principios del XIX habían existido proyectos de vida en comunidad y de carácter cooperativo, muchos historiadores fijan el nacimiento del cooperativismo moderno en la experiencia de los Pioneros de Rochdale (‘Rochdale Equitable Pioneers Society’) , 1844, con la constitución de una despensa comunitaria entre un grupo de trabajadores de la industria textil.

Desde sus orígenes, las cooperativas son concebidas como un mecanismo de defensa y, a la vez, de solidaridad económica de todos aquellos que estamos abajo, contra quien domina la sociedad. Durante la primera mitad del siglo XIX, la clase trabajadora hará uso de las cooperativas para trabajar de forma autónoma, para dar trabajo a compañeros y compañeras represaliadas en luchas sindicales y así “limpiar” su expediente laboral, para prestarse dinero intentando huir de la usura o para adquirir bienes de consumo fuera del economato de la empresa o desarrollar actividades de carácter lúdico y cultural para sus asociados. Entonces no es de extrañar que en la Barcelona del primer tercio del siglo XX todas las tendencias ideológicas que organizaban con más o menos éxito la clase obrera (anarquistas, socialistas y republicanos) tuvieran sus propias cooperativas. Muchas veces las cooperativas estaban fuertemente vinculadas a los sindicatos de clase, aunque a veces la relación entre cooperativas y sindicatos no fuera fácil.

Uno de los rasgos diferenciales de las cooperativas de trabajo es que sus socios son a la vez sus trabajadores. Esta dualidad es la fuente de su fortaleza como proyecto de autoempleo, pero también la fuente de todas sus contradicciones y límites. Las cooperativas de trabajo son empresas controladas por sus trabajadores y pueden demostrar que una empresa puede funcionar de manera asamblearia y con elementos de horizontalidad, convirtiéndose así en transmisores de un mensaje muy poderoso. Sin embargo, las actividades de las cooperativas se desarrollan en el marco del sistema capitalista, con todas las consecuencias que conlleva.

La consecuencia principal es la necesidad de ser competitivo para sobrevivir como empresa y el hecho de caer en la autoexplotación para conseguirlo. Otro factor que alimenta esta autoexplotación es la falta de financiación inicial que sufren gran parte de las cooperativas que empiezan y que en la carrera de obstáculos de la competitividad pone a muchas cooperativas de trabajo en una posición de clara desventaja que retroalimenta esta autoexplotación y falta de competitividad, convirtiéndose así en un pez que se muerde la cola.

Si bien es cierto que las cooperativas de trabajo tienen estos límites, éstos no la invalidan como una salida laboral. En muchos casos, ha evitado la atomización de grupos de trabajadores después de luchas que desgraciadamente no terminan bien o simplemente sirven para generar una fuente de autoempleo, sin caer en la explotación de terceras personas y para organizar su actividad laboral con un mínimo de ética. Incluso en ciertas profesiones de tipo artístico, profesional o artesanal, marcadamente individualizadas, las cooperativas pueden convertirse en herramientas para agrupar personas que de otra manera estarían aisladas y desprotegidas.

Ahora bien, debemos ser conscientes de que la creación e incluso multiplicación de cooperativas no supone por sí misma la creación de un “postcapitalismo”, ni tampoco es sinónimo de “colectivización”. Es más, no sólo no representan un elemento revolucionario por sí solas, sino que incluso pueden llegar a jugar un papel socialmente pernicioso, como ha mostrado Mondragón Corporación Cooperativa.

Desde sus inicios a finales de los años cincuenta, cuando sectores de la iglesia en Guipúzcoa crearon la primera cooperativa de fabricación de cocinas, con la intención de alejar la clase trabajadora del cinturón industrial guipuzcoano del sindicalismo y sus luchas, hasta hoy día, que llega a su declive y ha comenzado a despedir a sus propios socios-trabajadores, sin olvidar toda su fase expansiva donde poco a poco fue diluyendo sus principios cooperativistas y asamblearios iniciales, para ir ampliando la brecha salarial entre gerentes y trabajadoras.

Sin embargo, cuando las cooperativas no dan la espalda a sus principios, los mismos que convirtieron en una pata del movimiento obrero- pueden llegar a constituir un espacio muy didáctico para interrelacionarse en un espacio de trabajo en condiciones de igualdad y generar un polo de pensamiento crítico. Eso sí, para acabar con el sistema necesitaremos herramientas mucho más potentes que la llamada “economía social”, ya que sólo con la confrontación directa se puede derrotar el capitalismo o, como mínimo, evitar que continúe avanzando y depredando nuestras condiciones de vida y trabajo.

http://www.economiacritica.net/?p=3544



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