Esquerra Unida Els Verds Ajuntament d’Aldaia

Límites de la regulación de la prostitución. Beatriz Gimeno

En las próximas semanas será debatido en la Asamblea Nacional francesa un proyecto de ley que busca sancionar con multas e incluso encarcelar a quienes paguen por la prestación de servicios sexuales. La iniciativa sigue el ejemplo de países como Suecia, que con el fin de abolir la prostitución sin criminalizar a quienes la ejercen han implementado medidas similares. El proyecto francés ha revivido la vieja polémica entre quienes abogan por la prohibición de la prostitución, quienes defienden su abolición sin castigar a las prostitutas –consideradas con frecuencia víctimas de explotación sexual – y quienes esgrimen que su reglamentación es la única alternativa para garantizar los derechos de quienes la ejercen, motivo por el cual defienden que sea reconocida legamente como un trabajo con los mismos derechos y garantías que cualquier otro.

Si bien Suecia no es el primer país abolicionista en contemplar la penalización de los clientes, ha sido considerado pionero en desarrollar un modelo que ofrece además asistencia social a las prostitutas que desean dejar de serlo y destinar recursos a campañas educativas sobre el tema. En ese país, la prostitución es considerada una forma de violencia contra las mujeres. La legislación sueca, vigente desde 1999, ha sido defendida por el gobierno aduciendo que ha contribuido a reducir a la mitad el número de personas explotadas sexualmente y a disminuir tanto la prostitución callejera como la demanda de servicios sexuales. Según el Instituto Oficial de Encuestas Sociales, la medida cuenta con amplio apoyo por parte de la población: 8 de cada 10 suecos estarían a favor de la misma.

Algunos críticos de la norma han cuestionado los alcances atribuidos a la misma por considerar que las cifras no dan cuenta del debilitamiento del mercado sexual, sino de la transformación del mismo. En su opinión, los ‘comerciantes’ se habrían trasladado a otras latitudes o estarían haciendo uso de tecnologías como la Internet y teléfonos móviles para evadir el control legal. De este modo, en vez de mermar la prostitución, la legislación habría contribuido a fortalecerlos circuitos clandestinos asociados a la misma.

Pese a las críticas, el llamado ‘modelo sueco’ parece estar cobrando fuerza en otros países europeos, entre ellos Noruega, que penaliza incluso a los ciudadanos que consuman servicios sexuales fuera del país, con el fin de atacar también el turismo sexual. Como en Suecia, sondeos estadísticos han señalado que la medida goza de gran aceptación en buena parte de la sociedad noruega.

Las multas estipuladas por el proyecto francés podrían alcanzar los 3000 euros e incluir privación de la libertad hasta por seis meses en caso de reincidencia. De acuerdo con una encuesta realizada por encargo del Ministerio de los Derechos de las Mujeres, el 78% de los franceses no aprueba la sanción a los clientes de prostitutas, aunque la mayoría de entrevistados estaría de acuerdo en emplear otro tipo de medidas como trabajos sociales para responsabilizarlos por las problemáticas derivadas de este oficio en materia de derechos de las mujeres.

En América Latina, donde según FLACSO Andes el número de estados reglamentaristas aventajaría por poco al de abolicionistas, la propuesta sueca parece tener cierta resonancia en sectores que ven en ella una alternativa para acabar con el tráfico de personas y la explotación sexual, en contextos donde las medidas legales orientadas a tal fin no han surtido los efectos esperados. En Argentina, país abolicionista que desde 2008 cuenta con una legislación que penaliza la trata con escasos resultados, tramitan en el Congreso de la Nación dos proyectos de ley cuyo énfasis es el consumo y no la oferta de servicios sexuales. Uno de ellos, propuesto por el senador Aníbal Fernández, busca penalizar únicamente a los clientes de trata, mientras que el segundo, formulado por la diputada Marcela Rodríguez y que cuenta con el apoyo de oficialistas y opositores, propone castigar con prisión “a quienes pagan por el uso sexual de una persona†.

En estos y otros países, la discusión en torno al modo en que el estado debe responder a la prostitución ha cobrado nueva vigencia. En el seno del feminismo, cuestiones como los límites de la regulación del estado en materia de sexualidad, el derecho a decidir libremente sobre el propio cuerpo, la mercantilización del sexo y la dominación masculina, la victimización de las prostitutas y el reconocimiento de su agencia suscitan intensos debates que están lejos de ser zanjados.

Beatriz Gimeno, escritora española, analista política y activista feminista y lesbiana, autora de La Prostitución (2012, Ediciones Bellaterra), abordó estas cuestiones en entrevista con el CLAM.*

Pregunta: Los argumentos sobre el tratamiento que deben dar los estados a la prostitución suelen ser clasificados en tres posturas: prohibicionismo, abolicionismo y regulacionismo. Pareciera que, pese al refinamiento del debate, dichas posturas han permanecido relativamente estables durante años y que este asunto ha derivado en un impasse. ¿Se puede decir que en el seno del feminismo el debate sobre el tema se haya anquilosado?

Respuesta: Para empezar yo descartaría el prohibicionismo para no confundir. Dentro del feminismo nadie apoya el prohibicionismo. Dicha postura sólo es apoyada por algunos grupos ultrareligiosos pero es ajena al debate social y político. En cuanto a las otras dos ahora creo que el abolicionismo sí que ha evolucionado, aunque no lo suficiente. Antes daba mucha importancia a la situación de las prostitutas, a sus condiciones socioeconómicas, a su origen, a las razones de la entrada en la prostitución etc. Ahora, poco a poco, va abandonado esa cuestión para centrarse únicamente en una crítica a la demanda.

En cuanto al regulacionismo, creo que sigue anclado en una visión de la prostitución que no tiene en cuenta los cambios que se han producido en la sociedad y se niega a introducir la variable del poder en esta institución.

Por mi parte creo que lo importante de la prostitución es que representa (y se representa como) un modelo (el modelo perfecto) de un determinado tipo de sexualidad y de relaciones de género. La prostitución supone, para los hombres que la usan, la posibilidad de representar una masculinidad que se encuentra acosada en muchos aspectos de la vida cotidiana. Los hombres no buscan un orgasmo cuando hacen uso de la prostitución, sino que buscan una determinada relación, no una relación sexual cualquiera, sino una relación traspasada por el poder y la desigualdad. Hoy día lo que define a la prostitución no es el sexo sino el poder y, sobre todo, la posibilidad de encarnar performativamente el rol sexual de género masculino tradicional, así como “usar†el rol sexual de género femenino. Si no se entiende esto no se entiende la prostitución.

P.-¿De qué modo esta performance de género se conecta con el mercado?

R.- La relación entre oferta y demanda no es lineal ni simple. A medida que las masculinidades tradicionales se ven acosadas en la vida cotidiana por los avances del feminismo, los hombres que no son capaces de cambiar o de asumir estos cambios se encuentran sin sitio para poder ejercerlas. Ni en el ámbito laboral, ni en la familia, ni en el sexo, ni en la calle, estos hombres pueden ejercer una masculinidad sobre la que se ha construido su subjetividad. La prostitución, en ese sentido, es uno de los pocos espacios completamente libres de feminismo.

Al mismo tiempo la prostitución pasa de ser una ocupación o un trabajo de algunas mujeres, de un trabajo propio de mujeres pobres, a convertirse en una megaindustria globalizada que necesita incrementar la demanda para lo cual ofrece cada vez más mujeres y más jóvenes, más desempoderadas, más cosificadas; son productos y no personas. Además se infiltra en las empresas, en el mundo laboral, en cualquier espacio masculino para normalizar el uso prostitucional y para convertirlo simplemente en ocio masculino al alcance de cualquiera. A esto hay que añadir una sociedad en la que todo puede ser objeto de consumo: los órganos o partes del cuerpo, los fluidos (la sangre, el semen…) el uso de los cuerpos. Han desaparecido las barreras que había entre el trabajo y el cuerpo o las partes del mismo. También ha desaparecido cualquier barrera ética relacionada con el consumo.Por el contrario, el consumo aparece como un derecho inalienable, todo lo que se pueda consumir es porque existe el derecho a hacerlo.

P.- Algunos autores han señalado que al pedir la intervención del estado para rescatar a las mujeres que ejercen la prostitución, abolicionistas y prohibicionistas estarían sometiendo la sexualidad de las mujeres a un régimen de control e impidiendo que la mujer sea dueña de su sexualidad. Otros han cuestionado el supuesto carácter prescriptivo en materia de sexualidad que movilizarían dichas posturas. En su opinión, ¿qué lugar debería ocupar el consentimiento y la autonomía sobre el propio cuerpo en el debate sobre prostitución? ¿Cuáles cree que son los límites de dichas nociones en la definición de la legalidad o legitimidad de determinadas actividades y prácticas sexuales?

R.- Yo no quiero la intervención de la policía excepto para liberar a aquellas mujeres que se encuentran en esa situación contra su voluntad (en prostitución, en servicio doméstico, en agricultura…en lo que sea). Pero niego lo que ocasiona la mayor parte de la confusión: la prostitución no tiene nada que ver con la sexualidad de las mujeres, sino con la de los hombres. Las propias prostitutas aseguran que es un trabajo, no su sexualidad. Desde hace décadas no podemos entender sexualidad si no es vinculada al deseo y búsqueda de placer. La prostitución es una ocupación (o un trabajo, me da igual) y es como tal como debemos enfrentarla. Es curioso que los regulacionistas, los que mantienen que debe ser un trabajo regulado, lo confundan interesadamente con la sexualidad.

Por lo demás no creo que el estado deba inmiscuirse en las prácticas sexuales libres de ningún tipo y no debe importarle que se hagan a cambio de dinero. Al fin y al cabo muchos matrimonios no son otra cosa que un intercambio de ese tipo. Lo que al estado debe importarle es que los hombres crean que tienen el derecho a disponer de un contingente de mujeres sólo porque creen tener unas necesidades que son más psicológicas que de otro tipo. El estado tiene que ser garante y al mismo tiempo educador de la igualdad entre hombres y mujeres. El papel del estado es educar a los jóvenes en la igualdad; el papel del estado es combatir la desigualdad humanizando a las prostitutas y negando que exista ningún derecho a usar sexualmente a las mujeres. Eso implica combatir la publicidad que fomenta la desigualdad, combatir las prácticas sociales, económicas, educativas que fomentan la desigualdad; luchar por extender la percepción de la ilegitimidad de la desigualdad. Lo que el estado debe hacer es combatir de todas las formas posibles la normalización de la desigualdad desde la escuela. Lo que luego hagan las mujeres en sus casas no puede ser objeto de intervención estatal. Se trata de educar en igualdad y derechos, no en reprimir ninguna manera de salir de la pobreza o de mejorar una situación personal.

P.-¿Al adoptarse una perspectiva abolicionista, no se estaría creando un espacio en el que ciertas prácticas escaparían con mayor facilidad al control del estado merced a su ocultamiento y a la sofisticación de los mecanismos para ofrecer de forma ilegal servicios sexuales?¿No se abriría la puerta para la profundización de algunas de las problemáticas que afectan a las personas que ejercen la prostitución como la clandestinidad, la persecución policial y la vulneración de sus derechos?

R.-Eso es lo que siempre dicen los regulacionistas, pero no es cierto en absoluto. Allí donde la prostitución se ha regulado lo que se ha regulado en realidad es la explotación, el derecho legal de los proxenetas a explotar. La regulación sólo pretende arrebatar a las mujeres el derecho a explotar su cuerpo para ponerlo en manos de los traficantes, proxenetas etc. No hay ninguna regulación que se haya dictado para favorecer el cooperativismo entre ellas o las asociaciones exclusivamente de prostitutas, sin intervención de los capitalistas del sexo. Por otra parte, allí donde se ha regulado aparece inmediatamente otro sector no regulado pero más vulnerable al quedar fuera de la ley. Así que es al contrario. Si se regula se vulnerabiliza aún más el sector no regulado. Por las propias características de este trabajo los clientes no quieren “funcionarias del sexo†(como declaró uno de ellos), sino mujeres vulnerables que acepten lo que los clientes demanden sin rechistar. Al regular esta actividad la demanda se mueve, invariablemente, en busca del sector no regulado que tiene que bajar el precio, que tiene que cuidarse de la policía y de los clientes agresivos etc. Regular a unas supone sumir a la mayoría en un pozo aún más negro. Los clientes no quieren mujeres con derechos, asertivas, empoderadas, que exijan condón o que se nieguen a determinadas prácticas; quieren jóvenes baratas que acepten cualquier cosa. Eso es la prostitución y para eso van.

P.-El reconocimiento de la prostitución como trabajo ha sido defendido como el punto de partida para garantizar los derechos de las prostitutas. ¿Cuál es su posición al respecto? ¿De qué modo se podrían garantizar los derechos de las prostitutas en un contexto que no reconozca dicha labor como trabajo?

R.- Ya contesto un poco en la anterior pregunta. No es posible defender los derechos de las prostitutas como si fueran trabajadoras normales porque por su propia esencia, la prostitución actual es un espacio que los clientes quieren sin derechos. Es eso lo que buscan, no sexo. Quien cree que a las prostitutas se le pueden garantizar derechos es porque sigue confundiendo la prostitución con sexualidad femenina, con libertad o con la simple búsqueda de un orgasmo y no con el ejercicio de una masculinidad tradicional confrontada a la igualdad. La prueba es que, por ejemplo, en los países con la prostitución regulada los clientes que pueden se van a los países del sudeste asiático en busca de niñas muy pobres que se sometan a cualquier deseo a cambio de una comida. Los clientes no quieren a una mujer que imponga límites, los límites los quieren poner ellos.

Además, no todo tiene que estar regulado como trabajo. El sexo no debe estarlo (aunque se cobre por él). En mi opinión, la prostitución, si bien combatida desde el punto de vista ideológico, debe estar en la alegalidad. ¿Por qué hay que regular las prácticas sexuales personales?

P.-Las diferencias entre abolicionistas y regulacionistas parecen cada vez más irreconciliables. En su opinión, ¿existe un horizonte de trabajo sobre prostitución que pueda convocar a ambas posturas?

R.- Cuando escribí mi libro pensaba que sí. En los dos años que han pasado desde entonces ya sé que no; porque me he dado cuenta que aunque hay muchas personas de buena fe que son regulacionistas, ese discurso está sustentando socialmente, construido y mantenido por el lobby de los empresarios del sexo. Los empresarios gastan mucho dinero, como cualquier lobby importante, en fomentar por todos los medios un discurso regulacionista para lo que crean asociaciones de prostitutas, pagan cursos académicos, publican artículos etc. Es lo que hace cualquier lobby. Lo que pretenden es que la opinión pública exija la regulación.

http://www.clam.org.br/ES/destaque/...



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